Desafiándote: la canción que sonó la noche que dormí por primera vez en un piso que no era el de mis padres
Relato Semibiográfico
El piso estaba en la calle Relatores, en el barrio de Lavapiés, tercero sin ascensor. Lo compartía con dos compañeros de trabajo: Andrés, que llevaba seis meses viviendo solo y tenía opiniones muy firmes sobre cómo doblar las sábanas, y Carlos, que había llegado de Valencia en septiembre y todavía tenía en la nevera una lata de paella que nadie se atrevía a abrir. Yo llegué en octubre de 1989, con diecinueve años, dos maletas, una caja de discos y la certeza de que había algo en aquella situación que no era exactamente lo que había imaginado cuando pensaba en independizarme.
Lo que había imaginado era algo más parecido a una película. Lo que encontré era un cuarto de baño con la ducha que tardaba cinco minutos en calentar el agua, una ventana al patio interior por la que no entraba luz directa en ningún momento del día, y un colchón que hacía un ruido específico cada vez que te movías, como si llevara años esperando que alguien le preguntara cómo estaba. El primer trabajo tampoco era exactamente lo que había imaginado. Pero estaba ahí. Y el piso también. Y aquella noche, la primera noche, me quedé despierto hasta tarde sin saber muy bien por qué.
Andrés y Carlos se habían ido a dormir pronto. Yo me quedé en el salón, en el sofá de escay verde que había llegado de casa de los padres de Andrés en una furgoneta, con la radio encendida en voz baja. No quería despertar a nadie. No quería hacer ruido en un piso que todavía no era del todo mío. Tenía esa sensación rara de ser un invitado en tu propia vida.
Y entonces sonó.
La Dama Se Esconde. «Desafiándote». 1989.
La conocía del disco, que había escuchado ese verano sin prestarle demasiada atención. Pero aquella noche, en el sofá de escay verde, con el colchón esperándome en el cuarto y la lata de paella de Carlos en la nevera, la canción sonó de otra manera. «En un centenar de mares ni siquiera un pájaro encontré, añorando sus canciones deseé poder verlos volar». Nacho Goberna cantaba con esa voz suya que no levantaba nunca la voz pero que llegaba igualmente. Hablaba de cruces de senderos, de capitanes de barcos que construyen reinos, de escondites y juegos de dos. Y luego ese estribillo que se repetía como si fuera una declaración de intenciones más que una canción: «desafiando al sol, desafiando al mar, desafiándote».
No supe a quién le cantaba eso exactamente. Quizá a nadie en concreto. Quizá a todo lo que se resiste. Al sol que te ciega cuando intentas mirar adelante. Al mar que no tiene orilla visible desde donde estás. A esa primera noche en un piso nuevo, con un colchón que cruje y una ventana que da a un patio interior. Desafiándote. Desafiando lo que sea que esté ahí delante y que todavía no tiene nombre.
La canción terminó. La radio siguió. Yo me quedé un rato más en el sofá, mirando el techo del salón, que tenía una mancha de humedad en una esquina que con el tiempo aprendería a ignorar. Fuera, Lavapiés hacía sus ruidos de noche: una moto, voces en otro idioma, una ventana que alguien cerraba de golpe sin querer. Madrid de noche, desde un piso que todavía olía a otro.
Me fui a dormir. El colchón hizo su ruido. Al día siguiente había que madrugar.
Tres meses después, el piso ya era mío de otra manera. Ya sabía qué armario crujía, a qué hora pasaba el camión de la basura, que Carlos nunca iba a abrir la lata de paella. Y que «Desafiándote» era la canción de la noche en que todo empezó. La que sonó mientras yo miraba el techo de un sitio que todavía no era del todo mío y que, sin embargo, ya lo era un poco.
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