The Triffids
Perth, Australia Occidental. Un sitio tan lejos de todo que cuando lo buscas en un mapa tienes que mover el dedo hasta el borde de la pantalla. Allí, en 1978, un chaval de dieciséis años llamado David McComb formó un grupo con su amigo Alsy MacDonald. Le pusieron el nombre de una novela de John Wyndham: El día de los trífidos. Esa donde unas plantas carnívoras se comen el mundo mientras la gente se queda ciega. Un nombre alegre para una banda que sonaba como si el fin del mundo tuviera banda sonora y llegara por una radio con poca cobertura. Nadie en Perth les hizo caso. Así que en agosto de 1984 cogieron los instrumentos y se fueron a Londres. Llegaron, se instalaron en pisos diminutos, y empezaron a tocar en locales que olían a humedad y a cerveza derramada.
La cosa funcionó. John Peel los programó en la BBC. New Musical Express les dedicó una portada en 1985. Eran grandes en Europa. En España no los conocía casi nadie, ni siquiera los que escuchaban Radio 3 con la antena torcida. Su disco más querido se llamó Born Sandy Devotional. Un título que suena a oración y a naufragio al mismo tiempo. Lo grabaron en los Mark Angelo Studios de Londres en agosto de 1985, con el productor Gil Norton, recién salido de trabajar con Echo and The Bunnymen. Las letras hablaban de carreteras vacías, de amores que se rompen a mitad del camino, de ese cansancio específico de llevar demasiado tiempo moviéndote sin saber adónde vas. Discos hechos para escucharlos de noche, conduciendo solo, con la lluvia golpeando el parabrisas.
Luego vino Calenture y un single, «Holy Water», producido por Craig Leon, el mismo que había grabado los primeros discos de The Ramones y de Blondie. Los costes de su trabajo superaron el presupuesto total del disco anterior. El single no entró en las listas de ningún país. Ni en Australia. Ni en el Reino Unido. En la carátula ni siquiera pusieron el nombre de Leon como productor. Lo de siempre: el dinero se va, el reconocimiento también. David McComb murió el 2 de febrero de 1999 en Melbourne, con treinta y seis años. Tres años antes le habían hecho un trasplante de corazón. Siguió componiendo hasta casi el final. Incluso cuando apenas podía tenerse en pie.
Hay grupos que se convierten en leyenda porque venden millones. Y otros porque cuando los descubres años después te preguntas cómo es posible que nadie te hubiera hablado de ellos antes. The Triffids son de esos segundos. Desde el otro lado del mundo, un tipo con una voz rota ya lo había escrito todo antes de que tú supieras que lo necesitabas. Y eso no tiene arreglo.
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