La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

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Pop Rock

El pop-rock no nació para cambiar el mundo. Ni falta que le hacía. Nació para sonar un sábado por la tarde con el coche parado en un semáforo, para que alguien lo tarareara al día siguiente sin saber de dónde venía la melodía. Para llenar de guitarras limpias y estribillos que no se van los años de una década que, vista desde aquí, parece que no quería acabar nunca. En los ochenta, aquel sonido era casi una forma de respirar.

No era la rabia del punk, ni la parafernalia del tecno-pop. Era otra cosa. Guitarras que sonaban a día soleado, baterías que caminaban sin atropellar, letras que hablaban de cosas que le pasaban a cualquiera. Un amor de verano. Un amigo que se va. Las ganas de comerte el mundo con la única ayuda de un amplificador y dos acordes. Lo que tenía de especial aquel pop-rock era, precisamente, que no intentaba serlo. Simplemente sonaba a verdad. Y eso, en la música como en la vida, es lo más difícil de conseguir.

Daba igual que el grupo fuera de Manchester, de Melbourne, de Nueva York o de cualquier ciudad con una sala de ensayo y unas pocas ganas. El pop-rock de los ochenta no tenía pasaporte. Surgió en garajes y locales de ensayo de medio mundo, creció en emisoras de radio locales que pinchaban cintas grabadas en casa, y acabó colándose en las listas de éxitos casi sin querer. Porque cuando una canción es buena de verdad, no necesita que nadie la empuje. Sola llega a donde tiene que llegar.

Había algo honesto en aquel sonido que los sintetizadores no siempre podían dar. Una guitarra eléctrica con el volumen justo, una base rítmica que te invitara a mover la cabeza, y una voz que transmitiera lo que no te atrevías a decir en voz alta. Sin grandes artificios. Sin capas de producción que escondieran las costuras. Las costuras estaban a la vista, y eso era parte de la gracia. Porque la imperfección, cuando viene de un sitio genuino, tiene una calidez que ningún estudio puede fabricar.

No necesitaban himnos de estadio para llegar lejos. Les bastaba con ese estribillo que se te quedaba pegado en la cabeza durante días, con esa canción que escuchabas una vez y ya era tuya para siempre. Las mejores canciones de pop-rock de los ochenta no pedían permiso para instalarse en tu memoria. Entraban por la ventana, se sentaban en el sofá y ya no se iban. Como los mejores amigos.

Este no es un género para estudiosos ni para coleccionistas de rarezas imposibles. Es para los que se acuerdan de una canción que sonaba a final de curso, a primera vuelta en coche después de aprobar el carné, a esa chica o ese chico que te sonrió en la puerta del cine sin que tú supieras muy bien por qué. Para los que guardaban cintas grabadas de la radio con el nombre del grupo escrito a bolígrafo en la etiqueta. Para los que sabían que, aunque no entendieran la letra entera, algo en aquella música les hablaba directamente. El pop-rock de los ochenta fue la banda sonora de los que crecieron creyendo que la música podía salvarlos. Y quizá, en cierto modo, así fue.

Aquí no vas a encontrar himnos de estadio ni grandes gestas. Vas a encontrar canciones que se cuelan por la ventana de la cocina un domingo por la mañana, que suenan en el radiocasete de una tienda de discos cuando entras a curiosear, que están grabadas en la cara B de un cassette que prestaste y nunca te devolvieron. Son canciones que hablan de personas, no de leyendas. Y por eso, cuarenta años después, siguen sonando como recién grabadas. Porque la sencillez bien hecha no envejece. Se convierte en memoria.

Bienvenido al pop-rock de los ochenta. Sube el volumen. Mueve la cabeza. Aquí nadie está mirando.

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