La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0045

No sé ligar: la canción del día que hicimos radio y lo único que sonó fue el fracaso

Relato Semibiográfico

¡Corten, por favor! El segundero del reloj se está colando otra vez por el micrófono de ambientales. No sé quién lo ha enchufado, pero ese tic-tac retumba más que el bajo del Carelli.
—Es que, si no lo enchufamos, luego el estudio se queda sin atmósfera —se defendió Bea, con los cascos colgando del cuello—. Tú querías sonido de... ¿cómo lo llamaste?
Sonido de elegancia urbana. Pero esto no es elegancia. Esto es un dolor de muelas.
—Pues peor es la cinta que has traído para el fill musical. ¿Qué es eso? ¿Aerolíneas qué?
Aerolíneas Federales. Son de Vigo. Tienen una canción que se llama «No sé ligar». Y es... es muy nuestra.

Era 1986. Tenía diecisiete años y estudiaba Cámara y Postproducción de Imagen y Sonido en el Instituto RTVE, en la Carretera de la Dehesa de la Villa, en Madrid. La práctica era una maqueta de un magacín cultural. Habíamos elegido una mañana de sábado, cuando el centro quedaba casi vacío, para montar nuestro pequeño caos.

—Yo no sé qué tiene que ver esa canción con la literatura beat, que es de lo que va nuestro programa —dijo Bea, arreglándose la coleta mientras miraba la mesa de mezclas con desconfianza.
—Que va de eso. De no saber ligar. De quedarte fuera. Como los beats. Como nosotros.
—Yo sí sé ligar.
—Ya, pero el programa va sobre la generación perdida. Sobre los que no saben. Sobre los que están en la discoteca y no se atreven.
—¿Y tú eres de esos?
Bueno, yo estudio aquí, no en la facultad de periodismo. Ya te digo.

El tema sonaba de fondo, por los altavoces del control. La canción era sencilla, con un ritmo de rock directo y el estribillo en falsete. No era compleja. Pero a mí me parecía la banda sonora de todo lo que no sabíamos hacer a esa edad. Ligar, hablar en público, hacer un programa de radio sin pelearnos cada dos por tres.

—A ver, repasemos —dijo Bea, consultando su libreta—. Presentación. Bloque de música. Entrevista telefónica con un experto que no ha confirmado. Y un editorial final sobre el miedo a la libertad.
—Molaría que saliera bien. Aunque sea una vez.
No va a salir bien. El experto no va a llamar. Y tu editorial es un rollo.

La canción seguía sonando. Yo miraba el cristal que separaba la cabina de control del estudio de radio. Allí estaba nuestro compañero, Luis, colocando unos libros viejos sobre una mesa. No sabíamos muy bien qué pintaban ahí, pero quedaban intelectuales.

—¡Oye, Luis! ¿Tú sabes ligar? —le grité a través del micrófono de control.
¡Más que tú! —contestó él, sin girarse—. Además, esto de la radio es lo mismo que ligar. Si te pones nervioso, la cagas.
—Pues mira, estamos hablando de una canción que va de eso. De cagarla.
—¿Y cómo se titula?
—«No sé ligar».
Muy apropiado para este programa.

Intentamos seguir ensayando. Bea se puso a leer la presentación que yo había escrito. La suya era más académica, más correcta. La mía empezaba con una frase que a ella le parecía demasiado informal. Al final, nos enfadamos. Me dijo que si quería contar batallas de discoteca me fuera a Radio 3 de madrugada, no a las ondas culturales de la mañana. Luego llegó el momento de poner la música. Yo puse el disco de Aerolíneas Federales.

Eso es muy malo —dijo Bea, con la mano en la cadera.
—Es punk divertido. Lo que pasa es que no te gusta porque no lleva sintetizador.
—Es que no sé qué le ves. Parece que la han grabado en una olla.
—Sí, eso es lo bueno. Que suena como si la hubieran hecho en un garaje de Vigo.
—Pues a mí me suena a fracaso.
Eso es exactamente lo que quería.

La bronca se convirtió en una discusión sobre la validez del punk en un espacio radiofónico de las mañanas. Al final, el experto no llamó. Luis se durmió en el estudio detrás de los libros. Bea y yo nos quedamos en silencio, mirando el reloj que ya señalaba las doce del mediodía.

La canción había terminado. El disco seguía girando en el plato. Solo se oía el ruido blanco de los altavoces. Aquel silencio tenía el mismo sabor a derrota que todas las veces que no habíamos sabido ligar en las discotecas de los sábados. Después, apagamos las luces, recogimos los cables y nos fuimos cada uno a su casa. No volvimos a hablar del programa. Nunca se emitió. Pero a veces, cuando escucho «No sé ligar», todavía puedo oír aquella mañana. La mesa de mezclas, la luz mortecina y la sensación de que, aunque no supiéramos hacer radio, al menos lo habíamos intentado. A nuestra manera. Con nuestros errores. Con nuestra torpeza.

Soy aquel chico de diecisiete años otra vez. El que metió una canción que sonaba a garaje en un programa de radio que nunca salió al aire. Solo la canción. Y después, el silencio. El eco de un fracaso compartido que, con el tiempo, se convirtió en una victoria pequeña, casi insignificante, pero nuestra.

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