La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0074

Esa extraña sonrisa: la canción de los baños de La Vía Láctea una noche de 1987 que no he contado nunca

Relato Semibiográfico

La Vía Láctea era uno de esos bares donde entrabas y perdías la noción del tiempo. Calle Velarde, Malasaña. Paredes hasta el techo de carteles de conciertos, luz que no llegaba a ningún sitio del todo, y ese olor específico a tabaco y cerveza vieja que se te metía en la ropa y tardaba días en irse. Yo tenía diecisiete años y había entrado con un grupo de amigos que ya no recuerdo bien quiénes eran. De esas noches. De las que empiezan con gente conocida y terminan con gente que no sabes muy bien de dónde ha salido.

En algún momento de la noche necesité ir al baño. El baño estaba al fondo, pasando la barra, al final de un pasillo que olía a humedad y a algo más que preferí no identificar. La puerta no cerraba del todo. La empujé.

Había alguien dentro.

Un chico. Veinte años, quizá menos. Sentado en el suelo con la espalda contra los azulejos blancos que ya no eran blancos. Manga remangada. En la mano, una jeringuilla. No me miró cuando entré. Sus ojos miraban hacia algún punto entre el suelo y el techo, un punto que no existía. Y en la cara tenía algo que tardé un momento en procesar: una sonrisa. No era una sonrisa de nada concreto. Era fija. Quieta. Como si la cara hubiera decidido quedarse ahí y el resto del cuerpo no se hubiera enterado todavía.

Parálisis Permanente. «Esa extraña sonrisa». 1982.

Salí sin haber hecho lo que había ido a hacer. Volví a la barra. Pedí algo, no sé qué. Y entonces caí en la cuenta de lo que sonaba en el altavoz. La conocía de memoria. Era la última canción de El Acto, el único disco que Parálisis Permanente alcanzó a grabar antes de que Eduardo Benavente muriera en la carretera de León a Zaragoza, en mayo de 1983, con veinte años. «Esa extraña sonrisa». Una canción sobre alguien que vuelve cada día a un banco de piedra oculto bajo la hiedra, a hablar con alguien que no responde. Que solo sonríe. «Tu diabólica expresión, cadavérica postura. Tu sonrisa permanente de muerto me ha perdido».

No era una canción sobre drogas. Era una canción sobre no poder parar. Sobre volver una y otra vez a algo que te destruye sin que puedas explicar por qué. Pero aquella noche, con aquella cara todavía flotando en la cabeza, la letra era exactamente lo que había visto. Una sonrisa permanente en una cara que ya no estaba del todo ahí.

En 1987, la heroína se había colocado entre las tres principales preocupaciones de los españoles, junto al paro y al terrorismo. No era algo abstracto, no era un dato de periódico. Era el chico del suelo del baño de La Vía Láctea. Era el pasillo que olía a humedad. Era la puerta que no cerraba del todo.

Mis amigos preguntaron qué me pasaba. Les dije que nada, que el baño estaba ocupado. Nadie preguntó más. Había cosas que en 1987 todo el mundo veía y nadie nombraba. La noche siguió. La canción terminó. Alguien puso otra cosa.

Media hora después vi salir al chico del baño. Caminaba despacio, con esa lentitud de quien ha dejado de tener prisa por cualquier cosa. Pasó delante de la barra sin mirar a nadie. La sonrisa ya no estaba en su cara. O quizá sí estaba. Quizá es que ya no me atreví a mirar.

Salió a la calle y desapareció.

No supe nada más de él. Ni su nombre, ni de dónde venía, ni adónde fue. Pero esa sonrisa la sigo viendo cada vez que escucho la canción. Fija. Quieta. Como si la cara hubiera decidido quedarse ahí para siempre.

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