Our House: la canción que mi hermana me robó con nueve años
Relato Semibiográfico
La vi en el móvil, entre anuncios de pisos. Tres habitaciones. Salón con moqueta. Estantería de madera con el televisor en el centro.
Exactamente igual que el salón de mi infancia. No la moqueta en concreto. Ni el televisor. Pero sí esa sensación de que aquella sala era un territorio en disputa permanente. Un pequeño estado independiente donde convivían el mando del televisor, el radiocasete familiar y mi hermana, que tenía cuatro años menos que yo y ya controlaba ambas cosas con una eficiencia que ningún adulto de la casa había logrado nunca.
Un sábado por la tarde encontré en Radio 3 una canción. Era inglesa. Era extraña. Había una melodía que entraba sola, sin esfuerzo, como si ya la conocieras de antes aunque nunca la hubieras escuchado.
Our House.
Madness.
1982.
Madness eran de Londres. Hacían ska. O post-ska. O nueva ola con sombrero. No sabía muy bien cómo llamarlo. Pero me parecía exactamente el tipo de música que escucha alguien con criterio. Alguien sofisticado. Yo tenía trece años y cometía ese error con bastante regularidad.
Me aprendí el nombre del grupo. Lo escribí en el borde de una libreta de matemáticas. Esperé a que sonara otra vez en la radio con el dedo encima del botón de REC.
La canción hablaba de una casa en medio de una calle. Del padre afeitándose. De la madre haciendo punto. Pequeñas escenas domésticas, nada extraordinario, contadas como si importaran mucho. Yo pensaba que era profunda. No era profunda. Era Madness. Pero con trece años eso todavía no lo sabía.
El problema llegó tres días después.
Mi hermana me oyó escucharla en el radiocasete del salón. Se quedó parada en la puerta. La melena a medio peinar. Una camiseta de un dibujo animado que ya le quedaba pequeña. Los calcetines con pompón, que eran su firma estética de aquel año. Escuchó la canción entera sin decir nada.
Y entonces, sin aviso, sin pedirme permiso, sin mostrar ninguna señal de duda: se puso a bailar.
No bailaba como yo imaginaba que había que bailar Madness. No era nada parecido a lo que hacían en los videoclips. Era su propio sistema. Rodillas. Codos. Algo con la cabeza. Un movimiento circular de brazos que no correspondía a ningún ritmo conocido en la historia de la música occidental. Y, sin embargo, funcionaba. Funcionaba tan bien que dejé de escuchar la canción y me quedé mirándola a ella.
Al día siguiente, mi hermana ya sabía la letra. No toda. Solo la parte que le interesaba, que era básicamente our house, in the middle of our street, repetida con una dicción que convertía our en algo parecido a áuor y street en algo que sonaba a un estornudo con pretensiones.
La semana siguiente vino con dos amigas. Pusieron la cinta. Bailaron las tres en el salón. Y aquella canción que yo había descubierto, protegido, anotado en el borde de una libreta como si fuera un secreto, se convirtió en la canción de mi hermana y sus amigas. En la canción de los calcetines con pompón.
Estuve semanas sin querer escucharla. No porque me hubiera cansado. Sino porque había algo profundamente injusto en que una niña de nueve años apropiara tu descubrimiento musical sin esfuerzo ninguno. Sin haber esperado junto a una radio. Sin haber gastado casete. Sin merecer nada.
Con los años entendí que mi hermana tenía razón. No era una canción seria. Era una canción alegre, contagiosa y perfectamente diseñada para bailar en un salón con moqueta sin importar lo que piense nadie. Yo era el que estaba equivocado. Yo era el que intentaba convertir en manifiesto algo que era, simplemente, feliz.
El salón de mi infancia ya no existe tal como era. La moqueta la cambiaron. El televisor se quedó obsoleto. La estantería de madera acabó en un trastero o en la basura, no lo sé.
Pero cada vez que escucho Our House vuelvo allí. Al salón pequeño. Al olor a madera encerada. Al ruido del radiocasete al darle al play. A mi hermana bailando algo que no era ska pero tampoco importaba.
Y a ese sonido que todavía me persigue.
Áuor hááus.
In de míddol of áuor estrít.
Que me suena mejor que el original.
Y después, silencio.
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