La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Expediente Nro. #80-0032

Native Land: la canción que cambió el aire del videoclub

Everything But The Girl 1984

Relato Semibiográfico

En mi calle había un videoclub que duró mucho más de lo que tendría que haber durado. No era moderno, ni lo intentaba. Tenía una alfombra gastada en la entrada, de esas que se levantan por las esquinas, y un fluorescente que parpadeaba como si estuviera negociando su jubilación cada dos minutos.

Dentro olía a plástico de funda, a polvo de estantería y a ese aroma raro de las cintas VHS cuando llevan demasiado tiempo rebobinadas. El dueño siempre estaba detrás del mostrador, leyendo algo, pero sin levantar la vista de verdad. En la pared había una sección de novedades que nunca parecía tan nueva. Como una promesa silenciosa que nadie se creía del todo.

Yo iba mucho. Más de lo necesario, seguramente. Pero no siempre alquilaba nada. A veces solo daba vueltas por los pasillos estrechos, leyendo títulos como si estudiara un idioma secreto: acción, drama, "románticas", terror… todo ordenado con una lógica que yo respetaba sin entender.

Había un televisor pequeño encima de una estantería. Siempre encendido. Sin volumen o con un volumen tan bajo que parecía que la imagen no quisiera molestar a nadie.

Un día de esos sin planes, con esa calma rara de las tardes largas, empezó a sonar una canción desde allí. Sin anuncio. Sin venir a cuento. Como si hubiera caído dentro del local por accidente.

"Native Land".
Everything But The Girl.
1984.

Al principio no le presté atención. En un videoclub todo suena a fondo: el zumbido del fluorescente, el rumor del televisor, el roce de las carátulas al sacarlas de su sitio. Pero esta vez era diferente. Había algo en la forma en que entraba la voz. No llenaba el espacio. Lo bajaba. Como si alguien hubiera apagado un poco la realidad sin pedir permiso.

Tracey Thorn cantaba sin prisa, como quien no intenta convencer a nadie de nada. Solo diciendo lo que ya está dicho, aunque duela un poco más cada vez que se repite. Y el videoclub, que normalmente era un sitio neutro, casi funcional, de repente parecía otro. Más lento. Más vacío. Más íntimo, sin que hubiera cambiado nada físicamente.

Yo no estaba viviendo nada parecido a lo que decía la canción. No tenía historias rotas, ni despedidas, ni grandes finales. Solo un VHS en la mano y dudas sobre qué película elegir un sábado por la tarde. Pero aun así me quedé quieto un segundo de más. Como si algo dentro reconociera el tono antes que el significado.

El dueño del videoclub no dijo nada. No cambió la cinta. Ni subió el volumen. Siguió a lo suyo, como si aquella canción fuera parte del mobiliario desde siempre.

Cuando terminó, el local volvió a ser el de siempre. Las carátulas. El fluorescente cansado. El televisor sin importancia. Y yo seguí mirando estanterías, fingiendo que estaba decidiendo algo importante cuando en realidad solo estaba pasando el tiempo.

No alquilé nada aquella vez. Salí con las manos vacías. Pero con una sensación rara, difícil de nombrar. Como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo durante tres minutos y luego lo hubiera vuelto a subir sin avisar.

Con los años el videoclub cerró, como cerraron casi todos. Las cintas desaparecieron. El local cambió de uso varias veces. Y la calle dejó de parecerse a la que era.

Pero "Native Land" sigue ahí. Y cada vez que suena, no pienso en historias grandes ni en grandes pérdidas. Pienso en aquel lugar pequeño. En el televisor encendido sin importancia. Y en la extraña idea de que, a veces, una canción no llega para acompañar lo que estás viviendo, sino para cambiar un poco el aire de donde estás.

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