La Cara B de mi Adolescencia

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El Último de la Fila

Poblenou, Barcelona, 1981. Un festival de pueblo llamado Quintos, en Hostalets de Balenyà, fue el sitio donde Manolo García y Quimi Portet se vieron por primera vez. Manolo tocaba con Los Rápidos, un grupo de pop rock que había editado un solo disco con EMI ese mismo año y que tenía los días contados. Quimi venía de Kul de Mandril, un grupo de punk catalán. Después del concierto fueron a tomar algo. Quimi pidió un café con leche. Eso, contaría años después, le impresionó. No el café. El gesto. La forma de pedirlo. A veces las cosas empiezan así: en un pueblo que no aparece en casi ningún mapa, con dos tipos que acaban de tocar para cien personas y que todavía no saben que van a cambiar algo.

Cuando Los Rápidos se disolvieron, Manolo se marchó al País Vasco a buscar suerte. No la encontró. Volvió a Barcelona, se juntó con Quimi y con algunos músicos de la etapa anterior, y en 1983 formaron Los Burros. Grabaron un disco con la discográfica Belter, Rebuznos de amor, con canciones compuestas casi en exclusiva por los dos —algunas rescatadas de maquetas que Los Rápidos nunca habían llegado a publicar—. Vendieron tres mil copias. Belter quebró. Podría haber sido el final. No lo fue. «Huesos» y «Mi novia se llamaba Ramón» quedaron ahí, esperando a que alguien las encontrara, que es lo que hacen las buenas canciones cuando el mundo todavía no está preparado para ellas.

En 1985, con una maqueta que ganó el concurso de la revista Rock Special, nacía El Último de la Fila. El nombre lo sacaron de la letra de una canción de un grupo australiano. La discográfica independiente PDI les dio un contrato, y ese mismo año editaron su primer álbum, Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. Era un disco que mezclaba rock, flamenco y algo que no tenía nombre —una melancolía mediterránea, sucia y poética al mismo tiempo— que sonaba a Barcelona pero también a los pueblos del sur de donde venían las familias de los barrios donde habían crecido. Enemigos de lo ajeno (1986), con el himno «Insurrección», los catapultó. A partir de ahí el cartel de no hay entradas fue la norma, no la excepción. Como la cabeza al sombrero (1988), grabado en el Studio Miraval de Francia y producido por ellos mismos, fue el más acústico y el más vendido hasta entonces. Ese mismo año fueron invitados al concierto Human Rights Now! de Amnistía Internacional, compartiendo cartel con Bruce Springsteen, Sting, Tracy Chapman y Peter Gabriel. El grupo que tres años antes vendía tres mil copias ahora llenaba plazas de toros.

La etapa dorada llegó con el fichaje por EMI y su propio sello, Perro Records. Nuevo pequeño catálogo de seres y estares (1990) fue número uno en ventas y la gira que lo acompañó congregó a más de 750.000 personas. Astronomía razonable (1993) consolidó ese éxito con canciones como «Mar antiguo», «Lápiz y tinta» o «Como un burro amarrado en la puerta del baile», que se convirtieron en parte del paisaje emocional de una generación entera. Cuando en enero de 1998 anunciaron su disolución, el grupo explicó que habían dado todo lo que podían dar juntos. No hubo drama. No hubo deuda pendiente. Cerraron la puerta con la misma tranquilidad con la que Quimi había pedido aquel café con leche en Hostalets de Balenyà.

Manolo García y Quimi Portet siguieron cada uno su camino en solitario, sin perder el contacto. En 2023 anunciaron el lanzamiento de Desbarajuste piramidal, un álbum de nuevas versiones de sus clásicos que se convirtió en uno de los discos más vendidos del año en España. En 2026 volvieron a los escenarios con una gira de doce conciertos, todos con entradas agotadas. En Barcelona actuaron dos noches en el Estadi Olímpic Lluís Companys, ante más de 110.000 personas. El Último de la Fila nunca fue un grupo que necesitara el ruido para llegar lejos. Les bastaba con una guitarra afinada, una letra que no se pareciera a ninguna otra y la certeza de que había gente ahí fuera esperando exactamente eso.

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