Décima Víctima
Madrid, 1981. Los hermanos suecos Lars (guitarra) y Per Mertanen (bajo) llevaban años viviendo en España, habiendo llegado de adolescentes cuando su padre fue destinado a trabajar primero en Málaga y luego en Madrid. Allí, escuchando el programa de John Peel en Radio Gibraltar, habían absorbido los sonidos más oscuros del post-punk británico. Tras disolver su proyecto instrumental Cláusula Tenebrosa, fue Carlos Entrena, antiguo vocalista de Ejecutivos Agresivos, quien se acercó a ellos para proponer algo nuevo. Empezaron a ensayar en el chalé familiar de los Mertanen en Las Rozas, encontraron el nombre —Décima Víctima, tomado de una película italiana de 1965— en un libro de cine, y debutaron en la sala Quadrophenia de San Bernardo tocando a contraluz, detrás de una pantalla de proyección, como fantasmas que aún no sabían que iban a dejar huella.
Junto al grupo Esclarecidos fundaron el sello independiente Grabaciones Accidentales (GASA), autogestión pura antes de que la palabra existiera. Como trío con caja de ritmos publicaron su primer EP, "El Vacío" (1982). El segundo, "Tan Lejos", fue tan bien recibido que los oyentes de Radio 3 lo votaron como La Maqueta de Oro de 1982. Con la incorporación del batería José Brena grabaron su álbum debut homónimo, coproducido con el técnico de sonido Paco Trinidad: un disco que la crítica alabó sin reservas y que los emparentaba con Joy Division y The Cure pero con una personalidad arrolladora y propia.
El final llegó por razones ajenas a ellos: la familia Mertanen se trasladó a Barcelona y Entrena aceptó un trabajo fuera de Madrid. Su último concierto fue el 3 de diciembre de 1983 en el Rock-Ola. Ya separados grabaron su segundo álbum, "Un Hombre Solo" (1984), un cierre digno y maduro. En apenas tres años habían dejado dos discos, varios EPs y sencillos, y una leyenda que solo ha crecido con el tiempo, con su influencia palpable en bandas posteriores como Family, Los Planetas o Sr. Chinarro. Porque Décima Víctima demostró que no hace falta durar para dejar huella. A veces, con un puñado de canciones y una mirada perdida, se puede alcanzar la eternidad.