La Cara B de mi Adolescencia

un diario de canciones que nadie pidió

Memorias en Estereo / Artistas / Big Country

Big Country

Dunfermline, Escocia, 1981. Stuart Adamson tenía veintitrés años y ya había dejado una banda que prometía. Había sido el motor de The Skids, un grupo punk que llegó al número 10 británico con «Into the Valley» en 1979, pero la fama le supo a poco. O a demasiado. El ruido, la velocidad, los tres acordes… le empezaban a quedar pequeños. Quería un sonido que oliera a campo abierto, a las colinas de su Fife natal. Quería que sus guitarras sonaran a gaitas escocesas. Nadie lo había hecho antes. Así nació Big Country. Junto a él, Bruce Watson a la guitarra — un viejo amigo de la infancia —; y Tony Butler al bajo y Mark Brzezicki a la batería, dos músicos que habían tocado juntos con Pete Townshend y que Adamson y Watson encontraron casi por casualidad. La química fue inmediata. En 1983, con el productor Steve Lillywhite, grabaron «The Crossing» — un disco sobre fronteras y pérdidas, con guitarras que no sonaban a guitarras sino a gaitas, gracias al uso del E-Bow, un artilugio que hace vibrar las cuerdas sin tocarlas y consigue un sonido sostenido, casi etéreo. En pleno auge del pop electrónico, Big Country apostó por el rock más visceral. Y les salió bien.

«In a Big Country» fue el tercer sencillo, pero el que los lanzó al mundo. Un estribillo que se te clavaba en la cabeza, una letra sobre no rendirse y encontrar tu sitio. Llegó al número 17 en las listas británicas y al número 17 del Billboard Hot 100 americano — y al número 3 en el chart de rock mainstream de EE.UU., un logro notable para una banda de rock celta en plena invasión del synth-pop. El vídeo, con los cuatro miembros correteando por acantilados y campos verdes, se convirtió en un clásico de la MTV. De repente, aquellos escoceses vestidos de campaña eran estrellas internacionales. El siguiente disco, «Steeltown» (1984), fue un aldabonazo: más oscuro, hablaba de la desindustrialización y la pérdida de identidad. Vendió bien, llegó al top 10 británico, pero la presión de repetir el éxito empezó a pasar factura. A Adamson le costaba componer. El alcohol empezó a sustituir a la inspiración. «The Seer» (1986) y «Peace in Our Time» (1988) mantuvieron la calidad, pero las ventas disminuyeron. El sueño americano se había esfumado.

A principios de los noventa, Adamson se mudó a Nashville en busca de sí mismo. Grabó en solitario, formó The Raphaels, luchó contra sus fantasmas. Pero la batalla contra el alcoholismo la fue perdiendo. El 16 de diciembre de 2001 fue encontrado muerto en una habitación de hotel en Honolulú, Hawaii. Tenía cuarenta y tres años. La noticia conmocionó a la escena musical británica. Un poeta con guitarra que se había quedado sin versos. En 2007, los miembros supervivientes — Watson, Butler y Brzezicki — se reunieron para un concierto benéfico. La respuesta fue tan buena que continuaron, con Mike Peters de The Alarm como vocalista desde 2010. Hoy, Big Country sigue girando. Más viejos, más cansados, pero con la misma energía. Mantienen vivo el legado de Stuart Adamson. Y sus canciones, cuarenta años después, siguen sonando a esas colinas escocesas que tanto amaba. Como un viento que no cesa, como un grito de esperanza lanzado al vacío.

1 expediente Presente en: New Wave